La literatura de habla hispana en el territorio
cubano, se inicia con la conquista y colonización española. Los conquistadores
traían consigo cronistas
que redactaban y describían todos los acontecimientos importantes, aunque con
puntos de vista españoles y para un público lector español. El más importante
cronista que llegó a Cuba
en el siglo
XVI fue Fray Bartolomé de Las Casas, autor,
entre otras obras, de “Historia de las Indias”.
La primera obra literaria escrita en la isla data
del siglo XVII, cuando en 1608, Silvestre de Balboa y Troya de Quesada (1563 -
1647) publica Espejo de Paciencia, un poema
épico-histórico en octavas reales, que narra el secuestro del obispo Fray Juan de las
Cabezas Altamirano por el pirata Gilberto Girón.
La poesía inicia, pues, la historia de las letras
cubanas, que no registra otras obras importantes durante el siglo XVII.
Siglo XVIII
No fue hasta 1739 que aparece en Sevilla la
primera obra teatral escrita por un cubano: "El
príncipe jardinero y fingido Cloridano", de Santiago Pita, comedia de una bien
lograda imitación de las expresiones artificiosas de la época, con ocasionales
reminiscencias de Lope de Vega, Calderón de la Barca y Agustín
Moreto.
A pesar de que las letras insulares ya contaban
con un Espejo de Paciencia, escrito más de siglo y
medio atrás, la verdadera tradición poética cubana comienza con Manuel de Zequeira y
Arango y Manuel Justo de Rubalcava,
a finales del siglo XVIII. Esto se puede afirmar no sólo por la
calidad que alcanzaron en sus respectivas obras, sino por su tipicidad insular
ya distante de lo español. El canto a la naturaleza autóctona iba siendo el
tono y el tema primado de la poesía de Cuba; los poemas inaugurales con mayor
calidad son la oda "A la piña", de Zequeira, y la "Silva
cubana", de Rubalcava
Siglo
XIX
Entre 1790 y 1820,
como fechas aproximadas, se extiende el lapso del neoclasicismo,
caracterizado por el empleo de formas clásicas semejantes a las preferidas en
la Metrópoli,
con iguales evocaciones de dioses grecolatinos, pero con un singular
protagonismo de la naturaleza como clara intención de mostrar diferencias en
relación con Europa.
Un poeta que podemos situar a medio camino de lo "culto" y lo
"popular" fue Francisco Pobeda y
Armenteros, quien con su estilo logró ser de los iniciadores del proceso de
"cubanización" de la lírica. Poco tiempo después, Domingo
del Monte intentará lo mismo que Pobeda, proponiendo la
"cubanización" del romance. También Del Monte destacará por su obra
de orientación, la organización de tertulias y su correspondencia.
El Romanticismo
madurará en Cuba gracias a una figura de rango continental, cuya obra poética
rompió con la tradición de la lengua española, incluso de la propia metrópoli,
dominada entonces por un neoclasicismo de diversas gradaciones. José María Heredia nació en Santiago
de Cuba, en 1803
y murió en Toluca,
México en 1839, y además de ser
el primer gran poeta romántico cubano, fue también ensayista y
dramaturgo. En 1826 fundó "El Iris", periódico crítico y literario,
único en su género, junto con los italianos Claudio Linati y Florencio Galli, y dos revistas
importantes, "Miscelánea" (1829-1832) y "La Minerva " (1834).
Entre sus poemas sobresalen dos silvas descriptivo-narrativas: “En el teocalli
de Cholula”, escrita entre 1820 y 1832,
donde admira las grandes ruinas aztecas y reprueba la religión prehispánica, y “Al Niágara”
(1824), sobre las entonces imponentes y salvajes cataratas, composiciones en
las que aparece un nuevo personaje: el yo de filiación romántica inscrito en el
paisaje.
Otros románticos notables son Gabriel de la Concepción Valdés(“Plácido”)
y Juan Francisco Manzano. Entre los seguidores
del regionalismo americano se contó con José Jacinto Milanés; en
tanto, una de las figuras descollantes del romanticismo hispanoamericano fue Gertrudis Gómez de Avellaneda.
El siguiente hito de gran importancia para la
poesía cubana sobreviene con la aparición de dos poetas excelentes: Juan Clemente Zenea (1832 – 1871) y Luisa Pérez de Zambrana: autores que logran
alcanzar altas calidades literarias en su obra. Así, cuando irrumpe la llamada
generación del Modernismo, ya existe una tradición poética cubana, en la
que pudiera decirse que apenas faltaba el grado de universalidad que se alcanzó
brillantemente con José Martí (1853 – 1895).
Las influencias foráneas, sobre todo francesas,
vinieron a reunirse en otro poeta esencial: Julián del Casal. Una de las ganancias más
notables que la poesía cubana obtiene con su obra, consiste en la elaboración
intelectiva, artística, de la palabra como arte, no exenta de emociones, de
tragicidad, de visión de la muerte.
El siglo XIX
cubano contó, además, con filósofos e historiadores como Félix
Varela, José Antonio Saco y José de la Luz y Caballero que
prepararon la generación de la independencia. Surgió también una novela
antiesclavista con Cirilo Villaverde, Ramón
de Palma y José Ramón Betancourt.
Asimismo floreció una literatura de costumbres con José Victoriano
Betancourt y José Cárdenas Rodríguez
y un romanticismo tardío con la “reacción del buen gusto”: Rafael María de Mendive, Joaquín Lorenzo Luaces y José
Fornaris. En la crítica merece recordarse a Enrique José Varona.
Siglo
XX
El siglo XX se inicia con una República mediatizada por la
ocupación norteamericana. Cuba ha salido de una cruenta Guerra de Independencia,
y la literatura cubana, en la primera mitad de ese siglo, va estar marcada por
el influjo de dos grandes escritores: Julián del Casal y José
Martí, los primeros modernos.
Poesía
Sobre todo Casal fue la gran figura canónica de
fines del XIX y principios del XX en la poesía. “Su irradiación, aparte de la
que tuvo en el modernismo finisecular, donde fue decisiva, alcanza a Regino Boti
y, sobre todo, a José Manuel Poveda - éste
último le dedica su “Canto élego” -, y aún a Rubén Martínez Villena y José Zacarías Tallet. Pero,
"¿cómo entender el exotismo lírico de Regino
Pedroso, el intimismo simbolista de Dulce María Loynaz, la sentimentalidad poética
de Eugenio Florit, el acendrado y
solitario purismo de Mariano Brull - también minado de un raigal imposible
-, o el neorromanticismo de Emilio Ballagas, e incluso la
veta entre romántica y modernista de una zona de la poesía de Nicolás Guillén, sin un antecedente como
Casal?"[1]
Antes de la llegada definitiva de las
Vanguardias, la década de 1920 supuso el desarrollo de una poesía que anticipó
las agitaciones sociales y humanas de la década posterior. En ella destacan Agustín
Acosta, José Zacarías Tallet y Rubén Martínez Villena.
Acosta fue el más relevante de estos poetas,
sobre todo por su obra “La zafra” (1926), donde poetizó la realidad del trabajo en el campo en
versos bucólicos. Con esta obra, Acosta se alejó del modernismo,
sin todavía llegar al radicalismo de algunas vanguardias.
El modernismo
se considera clausurado con “Poemas en menguante” (1928), de Mariano
Brull, uno de los principales representantes de la poesía
pura en Cuba. En
el progreso de las vanguardias se diferencian dos líneas casi divergentes:
la realista, de temática negra, social y política, donde destacó Nicolás Guillén, y la introspectiva y abstracta que
tuvo en Dulce María Loynaz y Eugenio Florit a sus más
reconocidos representantes.A mitad de camino de ambas tendencias, cabe situar
la obra de Emilio Ballagas.
En 1940 apareció el grupo de la Revista Orígenes, de
preocupación cubanista, cuyo líder fue José Lezama Lima, y en el cual se integran Ángel Gaztelu, Gastón
Baquero, Octavio Smith, Cintio
Vitier, Fina García Marruz y Eliseo
Diego.
Otros destacados poetas de esa generación fueron:
Lorenzo García Vega, Samuel
Feijóo y Félix Pita Rodríguez, pero sin dudas fue José Lezama Lima (1910 – 1976) la figura central
de la poesía cubana en la mitad del siglo. La densidad metafórica, la
alambicada sintáxis, la oscuridad conceptual, definen un ámbito poético barroco, en el
que se pugna por alcanzar una visión mediante la cual la vida no siga
apareciendo como "una sucesión bostezada, un silencioso
desgarramiento". La obra de Lezama Lima abarca varios volúmenes de poesía
donde se destacan Muerte de Narciso (1937), Enemigo rumor
(1947), Fijeza
(1949), y Dador
(1960) Entre esas
dos décadas (1940 – 1950), se alcanzó una
creación a la altura de lo mejor que se escribía en lengua española.
La llamada "Generación del Cincuenta"
(autores nacidos entre 1925
y 1945), tuvieron
como maestros a poetas "del patio", como Lezama Lima y Florit, en
tanto partieron de variadas corrientes, incluso la neorromántica, para ir
acrecentando lo que en la década de 1960 será la última corriente del siglo XX,
ampliamente aceptada por numerosos poetas: el coloquialismo.
Antes, sin embargo, es preciso observar al
absurdo y el tono existencial de Virgilio
Piñera; el sentido de lo criollo en Eliseo
Diego y Fina García Marruz; la
tardía, pero efectiva salida del libro de José Zacarías Tallet “La
semilla estéril” (1951);
el diálogo con el hombre del pueblo de la segunda parte de "Faz", de Samuel
Feijóo; la intertextualidad alcanzada por Nicolás Guillén en “Elegía a Jesús Menéndez”; el ya
comentado énfasis conversacional del Florit de "Asonante final" y
otros poemas (1955),
e incluso en el hasta entonces cerrado intimismo de Dulce María Loynaz, con su peculiar
"Últimos días de una casa" (1958). Se diría que la
poesía se "democratiza" buscando el "diálogo común" o trata
de hallar referentes líricos con notas épicas.
“En los años iniciales de la Revolución parecía
insuficiente para la lírica el tono intimista predominante en las décadas
precedentes, e incluso la anterior poesía social (de protesta, denuncia y
combate), se convertía en impropia para las nuevas circunstancias sociales”.[2]
El empleo del tono conversacional fue vinculado a
cierta dosis épica, con intereses testimoniales. Así, en esa clase de poesía,
se narraban circunstancias de la vida cotidiana, bajo la exaltación de una
sociedad en revolución social.
Comenzó a desarrollarse una poesía politizada, en
ocasiones sin énfasis tropológico, en la que se rehuía el empleo de formas
tradicionales de la métrica. Esta corriente perduró al menos por dos décadas,
aunque, se practicó hasta el final del siglo XX
entre los poetas que no variaron su actitud discursiva.
Casi todos los integrantes de la promoción nacida
entre 1930 – 1940: Fayad Jamís, Pablo Armando Fernández, Heberto Padilla, César López, Rafael Alcides, Manuel Díaz Martínez, Antón
Arrufat,Domingo Alfonso, Eduardo López Morales y
otros, fueron esencialmente coloquialistas.
Una primera promoción de los poetas de la "Generación del Cincuenta",
nacidos entre 1925 y
1929, en sus obras
dejó advertir fuentes neorrománticas, origenistas y hasta surrealistas (Cleva Solís, Carilda Oliver Labra, Rafaela Chacón Nardi, Roberto Friol, Francisco de Oráa, entre
otros).
Una tercera promoción, nacida entre 1940 y 1945, no se diferencia
mucho de los poetas más radicalmente prosaístas, incluso algunos de ellos
prefirieron este término para identificarse. Con Luis Rogelio Nogueras, Nancy
Morejón, Víctor Casaus, Guillermo Rodríguez
Rivera, Jesús Cos Causse, Raúl
Rivero, Lina de Feria, Delfín
Prats, Magaly Alabau, Félix Luis Viera, y otros, el
coloquialismo sobrevivió con fuerza al menos hasta la mitad de la década de
1980.
La promoción de poetas nacidos entre 1946 – 1958, se define en dos
tendencias: los que reaccionan mediante la métrica (décimas y sonetos
principalmente), y los que emplean el verso libre con registros individuales.
Ambas tendencias avanzaron hacia un experimentalismo formal y del lenguaje;
pero el tono conversacional se mantiene entre entre ellos, como se advierte en
obras de, por ejemplo, Osvaldo Navarro, Waldo González, Alberto Serret, Raúl Hernández Novás, Carlos Martí, Reina María Rodríguez, Alberto Acosta-Pérez, Virgilio López Lemus, Esbértido Rosendi Cancio,
Ricardo Riverón Rojas,León de la Hoz, Ramón Fernández-Larrea, Roberto
Manzano y otros.
Una nueva generación de poetas se da a conocer en
la segunda mitad de los ochenta, cuando comienzan a publicar los nacidos
después de 1959.
Esta generación se identifica también por su diversidad, y convive en igualdad
de condiciones con las precedentes. Es un fenómeno interesante este: la
confluencia de poetas nacidos después del 59, con muchos de los nacidos entre
las décadas cuarenta y cincuenta — quienes continúan tributando una poesía
revitalizada según se puede ver en los más recientes libros de, por ejemplo, Mario Martínez Sobrino, Roberto
Manzano, Luis Lorente y otros -.
El signo estilístico y formal más distintivo de
esta última generación de poetas ha sido influenciado decisivamente por la
poesía de José Lezama Lima, a quien casi la mayoría de sus
integrantes reconoce como maestro. Jóvenes aún, lo cual impide definir
absolutas jerarquías, se pueden mencionar los nombres de: Sigfredo
Ariel, Jesús David Curbelo, Antonio José Ponte, Emilio García Montiel, Carlos
Alfonso, Frank Abel Dopico, Damaris Calderón, Teresa Melo, Nelson Simón, Juana García Abas, Ronel González, León Estrada, Reinaldo García Blanco, Rito Ramón Aroche, Caridad
Atencio, Ismael González Castañer,
Carlos Esquivel Guerra, Alpidio Alonso Grau, Alberto Sicilia Martínez, Ricardo Alberto Pérez, Manuel Sosa,
Sonia Díaz Corrales, Norge Espinosa, Pedro Llanes, Edel Morales, Arístides Vega Chapú, Francis
Sánchez, Ileana Álvarez, Rigoberto Rodríguez Entenza, Berta Kaluf, Luis Manuel Pérez Boitel,
Laura Ruiz, Odette
Alonso, Alberto Lauro, William Navarrete, Carlos Pintado, Alfredo Zaldívar, Yamil Díaz y otros muchos más.
“Fuera de Cuba, la poesía de los poetas emigrados
responde por lo general a las líneas creativas que se desarrollan en la sede
territorial de la evolución de la poesía cubana. Muchos de estos poetas
pertenecen a la "Generación del Cincuenta",
como Heberto Padilla, Belkis Cuza Malé, Juana Rosa Pita, Rita Geada, José
Kozer, Angel Cuadra, Esteban Luis Cárdenas, Amelia del Castillo, etc.;
puede decirse que una mayoría de los más activos han nacido entre 1945 y 1959, y por lo común
aceptaron el tono conversacional, suelen alejarse, en su mayor parte, de los
temas de militancias políticas agresivas y el referente insular se observa
tratado con nostalgia, típica de la poesía de la emigración cubana desde
Heredia a nuestros días. El componente político en verdad es discreto, no se
escribe por lo común una poesía de militancia contra la Revolución (algo puede
hallarse en la obra lírica de Reinaldo
Arenas, por ejemplo). También las variedades formales, estilísticas y de
contenidos suelen ser notables, sobre todo porque los núcleos de estos poetas
están territorialmente más dispersos que en la Isla , siendo las principales ciudades de reunión Miami, Nueva York,
México y Madrid. No puede
dejarse de notar que dos maestros de la poesía cubana, Eugenio Florit y Gastón
Baquero, vivieron en esta emigración, a la que también se sumaron Agustín
Acosta, José Ángel Buesa, Ángel Gaztelu, Justo Rodríguez Santos, Lorenzo García Vega, entre otras firmas
destacadas de la tradición lírica nacional”.[3]
Narrativa
Sin dudas, la figura cimera de la narrativa
cubana en el siglo
XX es Alejo Carpentier (1904 – 1980). Novelista,
ensayista y musicólogo, influyó notablemente en el desarrollo de la
literatura latinoamericana, en particular a través de su estilo de escritura,
que incorpora todas las dimensiones de la imaginación — sueños, mitos, magia y
religión — en su idea de la realidad. Fue Premio Cervantes de
Literatura y estuvo nominado al Premio Nobel. Otros importantes
novelistas cubanos de talla universal fueron José Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante.
Novela
A finales del siglo XIX,
con la publicación de Cecilia Valdés (1882) de Cirilo
Villaverde, y Mi tío el empleado (1887), de Ramón Meza, la novela cubana terminó
de adquirir un semblante propio.
Sin embargo, en los primeros treinta años del siglo XX, la
producción de novelas fue relativamente escasa. El narrador más destacado en
esos años fue Miguel de Carrión, quien edificó un sistema de
patrones recreadores de lo femenino en sus novelas Las honradas (1917) y Las impuras
(1919). Otras
destacables novelas de ese período fueron: Juan Criollo (1927), de Carlos
Loveira, y Las impurezas de la realidad (1929), de José Antonio Ramos.
Puede hablarse de una revolución de la novela
cubana a mediados del siglo XX. A la cúspide que significaron la publicación de El
reino de este mundo (1949) y El siglo de las luces (1962), de Alejo
Carpentier, pueden arrimársele obras como las de Lino Novás Calvo, Enrique Serpa, Carlos Montenegro, Enrique Labrador Ruiz, Dulce María Loynaz, y Virgilio
Piñera. Junto con el realismo
mágico, el absurdo
y lo real maravilloso; también
confluía el realismo social en las obras tempranas de Lisandro
Otero, Humberto Arenal, Jaime Sarusky, Edmundo
Desnoes y José Soler Puig.
Otra momento importante de la novelística cubana
ocurrió en 1966, al
publicarse Paradiso de José Lezama Lima, pero en los años sesenta no
deben dejar de destacarse otras novelas de mérito como Pailock, el
prestigitador, de Ezequiel Vieta, Celestino
antes del alba, de Reinaldo Arenas, Adire y el tiempo roto, de Manuel Granados y el testimonio
llevado a novela, Biografía de un cimarrón, de Miguel
Barnet.
Entre 1967 y 1968,
ocurre un estallido importante cuando se publicaron, en Cuba y fuera de Cuba,
obras de la talla de Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, El mundo
alucinante, de Reinaldo Arenas y De donde son los cantantes,
de Severo
Sarduy.
Los años 70 fueron un paréntesis en el alto
desarrollo del género. A excepción de Alejo
Carpentier en su período final, de Severo
Sarduy y del regreso de José Soler Puig con El pan
dormido, la novela cubana entró en fase gris, caracterizada así por Ambrosio Fornet.
Ni Manuel
Cofiño, ni Miguel Cossío pudieron acercarse a
la calidad del período anterior. La naciente novela policial no daba todavía
buenos frutos y los novelistas que se iniciaban estaban demasiado constreñidos
a la división superficial entre el presente y el pasado de la Revolución. Hacia
el fin de la década, la novela se recupera con los libros iniciales de Manuel
Pereira, Antonio Benítez Rojo y Alfredo Antonio Fernández,
quienes vuelven su mirada al boom, al tiempo que nace otro género dentro y fuera de Cuba: la
memoria novelada, con De Peña Pobre, de Cintio
Vitier, y La Habana
para un infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante.
Entre 1983 y 1989,
se produce otro cambio que de nuevo lanza a la novela cubana al interés
nacional e internacional. Obras como Un rey en el jardín, de Senel Paz, Temporada
de ángeles, de Lisandro Otero, Las iniciales de la tierra,
de Jesús Díaz, y Oficio de ángel, de Miguel
Barnet, volvieron a colocar a la crítica y al lector ante el fenómeno de un
renacer de la novelística cubana
Sobre el acontecer más reciente, y según estudios
debatidos en el Coloquio Internacional "El mundo caribeño: retos y
dinámicas", celebrado en junio de 2003 en la Universidad Michel de Montaigne, Burdeos 3, se
concluye que nos enfrentamos a "una literatura que no se calla la boca,
de la burla, del desencanto, de un pesimismo natural, muy realista, a veces
violenta, que aborda temas que antes eran tabúes, inhibidos o censurados,
tales como la homosexualidad, la discriminación religiosa, la marginalidad,
los incidentes de la guerra de Angola, la debacle del socialismo, la doble moral, los nuevos
ricos, la corrupción de cuello blanco, la prostitución, la droga, el futuro
incierto, el dolor del exilio, etc".[4]
Entre los autores destacados en el coloquio se menciona a Leonardo
Padura, Abilio Estévez, Miguel Mejides,Julio Travieso, Jorge Luis Hernández, Alexis Díaz Pimienta, Ronaldo Menéndez, Mylene Fernández, David Mitrani, Arturo
Arango, Guillermo Vidal, Antonio Rodríguez Salvador, Reinaldo
Montero, Alberto Garrandés, Eduardo
del Llano, Rodolfo Alpízar, Jesús David Curbelo, Raul Aguiar, Luis Cabrera Delgado, Andrés Casanova, Ena Lucía Portela, Alberto Garrido y Francisco López Sacha
Sin embargo, a la anterior lista hay que añadir
los nombres de autores fundamentalmente exiliados, cuyas obras han alcanzado un
enorme reconocimiento y difusión internacional: Eliseo Alberto Diego, Daína
Chaviano, Antonio Orlando Rodríguez, Pedro Juan Gutiérrez, Zoé
Valdés, Antonio José Ponte, Amir Valle,
Norberto
Fuentes y José Manuel Prieto. Existe también el caso de Daniel Chavarría, uruguayo de nacimiento, pero que
vive en Cuba, que escribe de Cuba y que ha sido multipremiado
internacionalmente.
Cuento
El primer libro íntegramente de cuentos de un
autor cubano fue “Lecturas de Pascuas”, de Esteban Borrero, publicado en 1899. Durante los
siguientes cuarenta años, el género comienza un lento ascenso en la isla, y
pocos son los autores que destacan: Jesús Castellanos con “De tierra adentro” (1906), Alfonso Hernández Catá
con “Los frutos ácidos” (1915), y “Piedras preciosas” (1924), Luis Felipe Rodríguez con
“La pascua de la tierra natal” (1928), y “Marcos Antilla” (1932), y Enrique Serpa con “Felisa y yo” (1937).
La etapa de madurez comienza en la cuarta década
del siglo XX,
con narradores como Virgilio Piñera y sus “Cuentos Fríos” (1956); Alejo
Carpentier con “La guerra del tiempo” (1958) y Onelio Jorge Cardoso con “El cuentero” (1958); éste último
autor un genial recreador de la vida sencilla del campo y que ha sido nombrado
"El Cuentero Mayor".
Hasta 1960, es importante destacar obras como: “Cayo Canas” (1942), de Lino Novás Calvo; “El gallo en
el espejo” (1953),
de Enrique Labrador Ruiz; y “Así en la paz como
en la guerra” (1960),
de Guillermo Cabrera Infante.
De 1960 hasta 1966, ocurre una desaceleración de la cuentística nacional, pero
a partir de ese último año, con la publicación de “Los años duros” de Jesús
Díaz, comienza un nuevo despegue. Hasta 1970 destacarán obras
como “Condenados de Condado” (1968), de Norberto Fuentes; “Tiempo de cambio” (1969), de Manuel
Cofiño, y "Los pasos en la hierba" (1970), de Eduardo Heras León. Del mismo
período, también son importantes los libros: “Días de guerra” (1967), de Julio Travieso; “Escambray en
sombras” (1969), de Arturo Chinea; “Ud. sí puede tener
un Buick” (1969), de
Sergio
Chaple, y “Los perseguidos” (1970), de Enrique Cirules, entre otros.
Al período trascurrido entre 1971 y 1975, se le conoce como
“Quinquenio Gris”. Luego del
Congreso Nacional de Educación y Cultura, celebrado del veintitrés al treinta
de abril de 1971, se
pretende establecer la política de abolir las funciones inquisitivas y
cuestionadoras de la literatura, y esto no trajo buenas consecuencias para la
cuentística del momento. A pesar de ello, en este quinquenio se publican obras
que merece la pena destacar: “El fin del caos llega quietamente” (1971), de Ángel
Arango; “Onoloria” (1973),
de Miguel Collazo; “Los testigos” (1973), de Joel James, y “Caballito blanco” (1974), de Onelio Jorge Cardoso.
Completan el decenio obras como “Al encuentro” (1975), de Omar
González; “Noche de fósforos” (1976), de Rafael Soler; “Todos los negros
tomamos café” (1976),
de Mirta Yáñez; “Los lagartos no comen
queso (1975), de Gustavo Euguren; “Acquaria” (1975), de Guillermo
Prieto; “El arco de Belén” (1976), de Miguel Collazo; “Acero” (1977) de Eduardo Heras León y "El
hombre que vino con la lluvia" (1979), de Plácido Hernández Fuentes.
En los años ochenta continuó el ascenso de la
cuentística cubana. Relevantes son los libros: “El niño aquel” (1980), de Senel Paz;
"Tierrasanta" (1982), de Plácido Hernández Fuentes; “El jardín de
las flores silvestres” (1982),
de Miguel Mejides; “Las llamas en el
cielo” (1983), de Félix Luis Viera; “Donjuanes” y
"Fabriles" (1986),
de Reinaldo Montero; “Descubrimiento del azul” (1987), de Francisco López Sacha;
“Sin perder la ternura” (1987), de Luis Manuel García Méndez;
“Se permuta esta casa” (1988),
de Guillermo Vidal, “El diablo son
las cosas” (1988),
de Mirta Yáñez; “Noche de sábado” (1989), de Abel Prieto Jiménez, y “La
vida es una semana” (1990),
de Arturo
Arango. Libros de representantes de esta generación, y que aparecieron en
décadas posteriores, no deben dejar de mencionarse: “El lobo, el bosque y el
hombre nuevo”, de Senel Paz y “Ofelias” de Aida Bahr.
Un verdadero auge editorial ocurre a partir de
1990, para dar paso a una generación conocida como los “Novísimos”.
Algunos de los integrantes de esta generación ya habían publicado obras a
finales de los ochenta: Alberto Garrido, José Mariano Torralbas, Amir Valle,
Ana Luz García Calzada, Guillermo Vidal, Jesús David Curbelo, Jorge Luis Arzola, Gumersindo Pacheco, Atilio Caballero, Roberto Urías, Rolando Sánchez Mejías, Sergio Cevedo, Alberto Rodríguez Tosca,
y Ángel Santiesteban, entre
otros.
Sin embargo, estos narradores solo van a
consolidar su obra en los años noventa, una década donde surgen con fuerza
otros autores como: Alberto Guerra Naranjo, Alexis Díaz-Pimienta, David Mitrani, Carlos Cabrera, Alberto Garrandés, José Miguel Sánchez
(Yoss), Verónica Pérez Kónina, Raúl Aguiar, Ricardo Arrieta, Ronaldo Menéndez, Enrique del Risco, Eduardo
del Llano, Michel Perdomo, Alejandro Álvarez, Daniel Díaz Mantilla, Ena Lucía Portela, Antonio José Ponte, Karla Suárez, Jorge Ángel Pérez, Mylene Fernández Pintado,
Adelaida Fernández de
Juan, Anna Lidia Vega Serova, Gina Picart,
Carlos Esquive Guerral, Félix Sánchez Rodríguez,
Marcial Gala, Rogelio Riverón, Jorge Ángel Hernández, Lorenzo Lunar, Marco Antonio Calderón Echemendía,
Antonio Rodríguez Salvador, Pedro de Jesús López, Michel Encinosa y Juan Ramón de la Portilla,
entre otros.
Ensayo
Cuba cuenta con una tradición ensayística importante,
iniciada en la primera mitad del siglo XIX,
y en la que destacan muchos autores célebres. Familiares a las letras
universales son los nombres de Alejo
Carpentier, José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante, Ramiro
Guerra, Emilio Roig de
Leuchsenring, Cintio Vitier, Jorge
Mañach, Graziella Pogolotti, Roberto Fernández Retamar, y otros muchos
más.
Hasta 1959 se destacaron fundamentalmente el
etnógrafo Fernando Ortiz, que escribió obras como Azúcar y
Población de las Antillas (1927) y Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar
(1940); Emilio Roig de
Leuchsenring con obras como Cuba no debe su independencia a los Estados
Unidos (1950); José Lezama Lima con Analecta del reloj
(1953) y Tratados en La
Habana (1958), y una larga lista que incluye autores como
Jorge
Mañach, Ramiro Guerra, Juan
Marinello, Medardo Vitier, José Antonio Portuondo, Carlos Rafael Rodríguez y Raúl Roa.
En la segunda mitad del siglo XX y lo trascurrido
del XXI, el desarrollo de la ensayística no se detiene, y el género cuenta con
decenas de cultivadores entre escritores, poetas e investigadores.
Imprescindibles son los nombres de Roberto Fernández Retamar, Ambrosio Fornet, Graziella Pogolotti, Leonardo Acosta, Eduardo Torres Cueva, Jorge Luis Arcos, Enrique Sainz, Luis
Álvarez, Virgilio López Lemus, Alberto Garrandés, Jorge Ángel Hernández y
muchos otros más.
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