jueves, 6 de abril de 2017

LA PERFECTA PUREZA


EILIKRINES Y EILIKRINEIA (griego)

Eilikrines (adjetivo) y Eilikrineia (substantivo) son dos palabras sumamente interesantes. Eilikrines se encuentra en Fil. 1:10, donde la Versión Reina Valera Antigua y revisión de 1960, traduce "sincero", y, la VP traduce "limpio"; también se encuentra en 2 P. 3:1, donde la Versión Reina Valera Antigua y revisión de 1960, traduce "limpio", y, VP "sincero". Eilikrineia aparece en 1 Co. 5:8 y 2 Co. 1:12; 2:17. La traducción regular de todas las versiones es "sinceridad".

Aunque ni el nombre ni el adjetivo son muy comunes en el griego clásico, eilikrines tiene ahí dos usos característicos. En primer lugar, significa "simple, sin mezcla, puro". Por ejemplo, del fuego, lo más puro de todo, se dice que es eilikrines. Se usa, también, respecto de un eclipse "total" de sol. En segundo lugar, se utiliza denotando cualidad. Por ejemplo: inteligencia "pura", entendimiento "cabal", "mal sin remedio".

En los papiros no es común ninguna de las dos palabras. Un hombre, en actitud suplicante, apela a la eilikrineia de un oficial, pero, en este caso, la palabra debe significar "probidad", "imparcialidad", "justicia".

La etimología y derivación de estas palabras griegas siempre han sido dudosas. Hay dos sugerencias.

(I) Pueden derivar de la palabra griega eilein, que significa "sacudir una determinada materia en una criba" hasta extraer de ella la última partícula extraña y dejarla absolutamente pura. Así, pues, estas palabras describen una pureza "cribada". Describen el carácter que ha sido tan purificado por la gracia de Dios, que no hay en él mezcla de mal alguno.

(II) Pueden derivar de la combinación de dos vocablos griegos: heile, que significa "luz del sol", y krinein, que quiere decir "juzgar". En este caso, podrían describir algo que es capaz de resistir el juicio de la luz solar; algo que, aun siendo expuesto a la clara luz del sol, revela no tener faltas ni imperfecciones. Aquí estamos ante una vívida imagen.

En los bazares de Oriente, las tiendas eran pequeñas, obscuras y umbrías. Un artículo, pongamos una pieza de alfarería, de cristalería o de tela, dentro de los nichos de la barraca, aparentaría estar en perfectas condiciones; pero el comprador sabio lo sacaría a la calle y lo sometería al juicio de la luz del sol, y, más de una vez, los claros rayos del astro rey revelarían defectos e imperfecciones que nunca se hubieran notado en lo obscuro de la tienda. Teofilacto debió haber estado pensando en esta línea cuando habló de Eilikrineia como de "esa pureza y candidez de la mente que no tiene nada oculto entre sombras ni acechando bajo la superficie".

Esta palabra suscita la siguiente pregunta: ¿podrían nuestros pensamientos resistir la prueba de ser expuestos a la plena luz del día? ¿Podrían nuestras más íntimas motivaciones resistir la prueba de ser dragadas y expuestas a la fulgurante luz reveladora? Poniendo el asunto en su clímax: ¿podrían nuestros más recónditos pensamientos y móviles soportar el escrutinio de la luz del ojo de Dios?

La pureza cristiana es tal, que está siendo cribada hasta que la última partícula de mal haya desaparecido; es una pureza que no oculta nada y que sus pensamientos y deseos más íntimos podrían resistir todo el resplandor de la luz del día.

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